martes, 17 de marzo de 2015

La poetisa


Dime, ¿también se ha ido sin ti, sin su Virgen del Punzón? Porque para ella tú eras la Virgen del Punzón, ¿verdad abuela? La pobre no contesta; lo sabemos. Pero aún parece que está aquí, renegando en contra de sus hijos. Sus perjuros se oirán mucho tiempo en casa. Con razón, diría; la estoy oyendo. Había dedicado su pronta viudez a completar la crianza de los niños. Los educó y les inculcó la devoción por ti, por tu imagen, sin regatear esfuerzos ni cariño. La movía su esperanza.

Una esperanza que al tío Andrés le resultaba insuficiente. ¡Loco, los libros te han vuelto loco!, le gritaba la abuela, y eso que no conocía a Alonso Quijano. ¡A quién se le ocurre llamarle fresca pompeyana a la Virgen del Punzón!, exclamaba con disgusto. ¡Imposible!, no hay nada que hacer contigo, le contradecía él. Se lo podía permitir. Era el benjamín.

A mi madre le atrae más el espíritu romántico. Desde que se enteró de que el Vesubio se convirtió en un río, Pompeya y Herculano fueron dos amantes atrapados en una riada trágica. ¿Agua o lava, qué más da?, para ella todos los grandes amores acaban así.

Al que nunca lograste conquistar del todo fue a mi tío Pedro, el mayor de los tres hermanos. Para él, ese gesto infantil de acercar el cálamo a la boca le resulta más un artificio femenino que una muestra de ingenuidad. Es de los que piensan que la irresistible tentación de la belleza se impone al más intenso anhelo de inocencia. Su escepticismo natural se vio reforzado con los comentarios que el tío Andrés compartía sobre la sociedad romana de Pompeya. No me extrañaría que viera en ti a un imberbe disfrazado de damisela, como diría el mismo Sade.

Virgen, poetisa, heroína o simplemente una mujer llamada Safo —que no es poco—, los cuatro te reverencian. En cuanto a mí, lo que me pregunto es cómo tu foto ha venido a parar aquí, al cuarto de la abuela. Ya, su manía de convertir las imágenes antiguas en estampitas, pero ¿por qué tú entre tantas? Yo prefiero creer que es por ese sueño que centellea en tu mirada.


¿Callas? Tienes razón, guardemos silencio; a estas horas la deben de estar enterrando, si no lo han hecho ya.

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